jueves, 1 de febrero de 2018

ESOS CUENTOS MARAVILLOSOS 1 PARTE






ESOS CUENTOS  MARAVILLOSOS
PARTE  I

     A quienes nos gusta la literatura, tenemos guardados en la memoria aquellos cuentos, o fragmentos, que resultaron por una razón u otra, memorables. Quizás por el principio, aquél que nos atrapó desde las primeras líneas. O por  el argumento, lo que pesa realmente en una historia, o el final, el cual nos dejó muchas veces sin respiración. El cuento que nos abrió por un momento, la puerta de otra dimensión, a la que ingresamos espiritualmente para percibir el encanto que dejan las letras, las letras de una historia bien contada.
Recuerdo algunas narraciones de mi infancia, historias de leones y otros animales de la selva, que me llenaron de entusiasmo por la lectura, sin embargo, no recuerdo sus nombres y autores, por eso, paso a referir los que presentan una ubicación precisa.
Y podría empezar con una obra que leí en una antología de cuentos españoles: “Adiós cordera, adiós”. Era mi tiempo de  aulas escolares. Recuerdo que era un sábado, andaba con la guardia baja y  me interné en las verdes praderas descritas a la perfección por la pluma de Leopoldo Alas, Clarín, los postes del telégrafo y el tren que pasaba por el lugar. Y a los dos niños, Pinín y Rosa, gemelos, que jugueteaban con su Cordera en ese extraordinario lugar, olvidando su pobreza, hasta que algo rompe el equilibrio. Sólo en ese momento, el perverso título de la obra crece en la mente del lector. El estado económico de la familia obliga al padre a vender a la Cordera, y los pequeños la ven marcharse en el tren rumbo al matadero. Recuerdo que cerré el libro con furia, a sabiendas que la literatura tiene el poder de describir las cosas como ocurren, que los finales rosas no se dan siempre. Y que la literatura es el fuel reflejo de la vida, no de lo que nosotros queramos.
Posteriormente, en mi época universitaria, cuando “conocí” a Cortázar, me deslumbró  “Continuidad de los parques”, con un principio relativamente sencillo (que no era sino una trampa bien estudiada para el lector): “Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca”. Hasta aquí, todo normal, pero de inmediato se va presentando un mundo paralelo, los parques se ven reflejados en la novela que el lector lee, así mismo como el argumento, que no es otro del asesinato del lector por parte de su esposa y amante, a más de un final abierto, según mi  apreciación.
Y apenas me recuperaba de esta lectura, me encuentro con “la noche boca arriba” del mismo autor, un relato, que presenta, como en el anterior, un inicio llano, un muchacho sale de su trabajo en su motocicleta… ¡qué puede ocurrir?: “A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba”.  Sin embargo, el relato va adentrándose en el hecho fantástico, luego que el protagonista sufre un accidente y es colocado en una camilla, entonces se  mezclan realidades, y el autor utiliza el recurso del soñador que está dentro de otro sueño, ya que se alterna, el hombre moderno acostado en la camilla, dentro de un hospital, y el indio moteca apresado, en la guerra florida, por los aztecas para llevarlo al sacrificio. Allí ya no hay vuelta atrás. El lector, al igual que el personaje, ya no tiene la oportunidad de escapar, debe ir hasta el final, y descubrir, junto al soñador, cuál era la historia válida; y tal vez, empujando al citadino para que despertara de una vez y volviera a la normalidad, asunto que nunca ocurre. Un cuento que me dejó con la respiración alterada, y mostró, que dentro del relato fantástico, toda salida es posible.
     Borges no podía faltar en mi lista. Su vasta obra deja enseñanza y admiración, pero en lo particular, coloco en la cima, el cuento 'La escritura del  Dios". Pertenece a “El aleph”, publicado en 1949 en los tiempos del surgimiento de la nueva narrativa hispanoamericana. El argumento  es sencillo: Tzinacin, quien es "mago de la pirimide de Qaholom", guarda condena en una oscura prisión junto a un jaguar, del cual está separado por un muro. El personaje conoce que jamás saldrá de esa prisión. Sobrevive gracias a sus juegos mentales,  trata de descubrir el conjuro divino que detendrá todos los males, incluyendo a los españoles. En Borges admiro la precisión de los momentos, ya que al mediodía, cuando el carcelero los alimenta, hay  una ligera iluminación en que el mago puede observar al jaguar y sus líneas.  A través de los años descubre que sólo allí, el Dios guardaría el conjuro, en la piel de los jaguares: “Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz… Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas… Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra…”  Su labor continua hasta que… “Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo… entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre.  Es una fórmula de catorce palabras casuales, y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso... Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán”. Otro arrebato, otro descubrimiento de las profundidades literarias, esas que dejan huellas perennes. Y encima la frase, que me hace recordar a Tolkien por la exactitud de las mismas: “Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres” que vuelven este cuento inolvidable, parte de uno, y que sube el peldaño de poder ser releído y disfrutado, una y otra vez. 
Y en esta primera entrega, quisiera aportar también con el gran cuento, Guasinton, de José de la Cuadra, a quien se lo considera precursor del realismo mágico. Añadiría: un visionario de la industria cinematográfica, pues quien se encuentra con esta historia que trata de un gigantesco lagarto, “cuyo centro de fechorías era el (río) Babahoyo, desde los bajos de Samborondón hasta las reservas del puentecillo Alfaro”,  y encuentra en el monstruo, un comportamiento “casi humano” (le gusta la música de la guitarra y las canciones de los campesinos, que exige, por ser el “señor” de las aguas “el pago de una vaca” por dejar pasar a las demás, o que para alimentarse, escoge entre un caballo y una mujer, al primero, nos hablan de un personaje imperecedero), que comete el error de devorar al perro favorito de don Macario, quien reúne una partida para terminar con el valiente saurio. Catorce hombres se necesitaron para lograrlo. Un cuento casi épico, que desgató imaginaciones e impresionó por el tiempo en que fue escrito.


Por Hans Behr

(Artículo aparecido en revista Sur Idea, Casa Cultura Loja, N0 32.)


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