domingo, 28 de enero de 2018



LA CERTEZA DE ESCRIBIR CUANDO NO ESTAMOS ESCRIBIENDO

     He estado presente en algunas charlas de escritores  (inclúyase conferencias de consagrados que pueden encontrarse  en la web), y  concuerdo como el que más que sea válido repasar los sabios consejos acerca de cómo escribir historias, el famoso decálogo, el que nos llevaría al best seller si encontramos un título que detente la magia del flautista de Hamelín, o si corregimos hasta la saciedad como decía Borges, quien publicaba para dejar de corregir;  no olvidar por supuesto el final tipo Nokaut que exponía  Cortázar si se trataba de un cuento, o buscar ganar por puntos si lo que construimos  es una novela, a más de sugerir o desechar lecturas de determinados autores, eludir los lugares comunes, crear personajes inolvidables y que no sean precisamente los principales, en fin.
    Sin embargo, he escuchado muy poco a autores que cuenten cómo escriben cuando no están escribiendo. La frase suena un tanto estrellada, pero es  cierta.
     Lo decía Mark Twain con una sencilla frase: “la palabra precisa tal vez sea efectiva, pero ninguna palabra jamás ha sido efectiva como un silencio preciso”. Agregaría que dentro de dicho silencio, se tejen las ideas más profundas. Thomas Carlyle el ensayista escosés, manifestó algo similar: “El silencio es el elemento en el que se forman las cosas grandes”.
     Ya es una parte, pero vamos a ir más allá del silencio.
    “Un montón de escritura sucede cuando no estás escribiendo” dice M. Furey.  ¿Correcto, o no?, son procesos que escapan a los procesos y pueden darse de la manera más extraña o sencilla, como cuando desayunamos un encebollado con los amigos, o en el cine, o al aspirar el aroma del manglar, e incluso al presenciar un evento deportivo. Murakami reconoció que en la primavera de 1978, mientras veía un partido de béisbol cerca de su casa, tuvo varias ideas y  decidió escribir una novela. Así de sencillo. En pocos meses terminó “Hear the Wing Sing”. Oscar Hahn, poeta chileno, galardonado con el premio Nacional de literatura 2012, y profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Iowa, denomina a esos momentos los “pre-fantasmas”, “seres que habitan un mundo que no está a nuestro alcance, y a través de la observación, deciden si vale la pena nacer”, en el texto, obviamente.
     Esto no evoca directamente a lo que llamamos inspiración, no confundamos la escritura inconsciente con la lucidez repentina que nos lleva al punto de partida de los grandes proyectos, o a la solución de un problema. No. El escribir sin estar necesariamente pegado a la silla es eso, receptar constantemente información acerca de nuestras historias. Día y noche, como si estuviéramos ante  el ordenador.  Y de repente, mientras estamos corriendo, o caminando con nuestro perro en el parque, pum, desciframos que tal o cual personaje no debería salirse con la suya, y no  porque se trate del villano. De igual forma tendremos la certeza que en nuestras páginas se dará un romance no programado, o descubrimos que en el cuento del asalto al banco los secuaces olvidaron desconectar las cámaras de seguridad.

     Me gustaría que los escritores hablaran más de este tema. Lo saben. Están acostumbrados a ello. Y lo esconden. Ya estamos saturados de decálogos. Nos toca entender los otros momentos, donde existe el reto de recordarlo todo al momento de sentarse nuevamente en el escritorio (un profesional logra retener el 80%). Se sugiere entonces, para los principiantes, llevar consigo una libretita de anotaciones, y un lápiz de punta fina, no vaya a ser que la tinta del esfero se haya terminado.

(artículo aparecido en revista Sur Idea CCLoja, N0. 31)

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