sábado, 31 de marzo de 2018

Una suave brisa en mi rostro (minicuento infantil que se publicó en la FLI Quito 2017)









UNA SUAVE BRISA EN MI ROSTRO

     Como no pudiste vencer el tiempo, y te fuiste haciendo viejito y se te formó un bigote canoso (asunto imposible de imaginar cuando eras joven y fuerte), y te cayeron enfermedades propias de la edad, hasta que te marchaste para siempre al reino de los perros dichosos, tampoco creo que podrás engañar a la muerte, para venir un ratito a mi lado, darme unos ladridos y dejar que te acaricie como lo hacía siempre.
     Recuerdo, ahora que corro en el parque para disipar la pena, que viniste una mañana similar. Había una ligera llovizna. Y del norte llegaba un delicioso aroma  de chocolate, producto de las fábricas que había en ese lugar. La camioneta que estacionó en el recinto de la Defensa Civil traía cinco hermosos cachorros. Como yo llevaba tres años laborando en la cruz roja,  tuve la primera opción. Había dos bóxer, dos labradores, y un pastor alemán. Sin dudarlo, me decidí por ti, eras el pastor que  había querido siempre.
    Enseguida te puse un nombre, el nombre de un perro al yo admiraba en mi niñez, porque era el actor principal de una serie televisiva, Corre Joe Corre. Se trataba de un perro k9 (la máxima calificación en entrenamiento animal). En cada capítulo debía ayudar a las personas que encontraba, y al mismo tiempo, escapar de la policía por un crimen que no cometió.
    Así que te puse Joe. Como el perro actor.
    Creciste flaco, como un pajarraco. A los 8 meses tuve que llevarte de nuevo a los aposentos de la defensa civil, donde se efectuarían los entrenamientos caninos. Tres meses de encierro. Mi único temor era que alcanzaras la calificación más alta, ser un k9, porque entonces sí te hubiera perdido. Porque los canes que lo logran pasan a las fuerzas especiales y son usados para detectar droga, explosivos y luchar contra delincuentes.
    Tu calificación te ubicó como perro rescatista de personas atrapadas en edificios, guía de ciegos, guardián, y sobre todo, buen amigo.
    Varias veces tuvimos que realizar labores de salvamento. Nuestro equipo lo completaba: Alejandra, la enfermera, que te llamaba Marujini (recuerdo que una vez la hiciste caer por quitarle un helado), Pablo, el médico, quien te llamaba Capitán del ejército de los pastores alemanes.  Paula, la encargada de las transfusiones, que te decía alegremente Pirata, y Juancho, el de logística, que no era muy  amante de los perros pero que de vez en cuando te regalaba una pelota de tenis. Tú no te molestabas por tantos nombres con tal que esas palabras vinieran con cariño.
     Una vez, en el 2010, nuestro gobierno nos envió a Haití, cuando ocurrió el terremoto. La misión: rescatar a personas atrapadas en los edificios derrumbados. Yo te guiaba por los escombros, y tú olfateabas. Aguantábamos el calor y el sol. Eso no nos podía vencer. ¿No es así? ¿A cuántas personas descubriste para notificar con tus ladridos la presencia de sobrevivientes? El número salió en los periódicos, nueve personas, entre ellas, una mujer embarazada que no paraba  de llorar y abrazarte, y 3 niños.  Otros perros también lograron lo suyo y el gobierno de Haití los condecoró con una medalla a la valentìa, la misma que fue colgada con honores en nuestras oficinas de la cruz roja.  
     Para estar en forma, corríamos todas las mañanas, aunque a veces en las tardes, o en las noches. Luego hacíamos las prácticas que necesitabas. Saltos, búsquedas de objetos con el olfato, arrastres y giros.
     Vimos muchos amaneceres, enfrentamos a jaurías de perros. ¿No habrás olvidado a ese enorme perro rojo que vino directo a atacarnos? Pero tú inmutable, lo esperaste, levantaste tu cuerpo para soportar la arremetida, y sólo eso bastó para que el gran  rojo, notara la fuerza de tus patas. Lo venciste sin una sola mordida. ¿Y el día de la gran tempestad?  Fue fabulosa y tétrica. Nos agarró una tarde, cuando nos faltaba poco para llegar a casa. El cielo se desgajó, y los rayos caían a derecha e izquierda. Jamás mostraste temor. O quien sabe. Pero mientras estuvieses conmigo te sentías protegido, aunque el verdadero protegido era yo.
    ¿Y a dónde dejamos nuestro secreto? Ese de usar nuestro entendimiento, instructor-perro, para dar espectáculos gratuitos en diversas escuelitas, algunas de niños humildes. Otras de ricachones. Aquello no nos importaba. Todos tienen problemas. Quizás el niño pobre no había desayunado esa mañana, o de pronto el niño rico extrañaba la separación de sus padres. Pero el malestar quedaba atrás mientras te veían saltar, caminar en dos patas, hacerte el muerto, buscar un objeto entre el público, y por último darme un empujón para que yo (ese día convertido en el payaso Trapo, bola roja en la nariz incluida), cayera de cabeza en un balde agua.
     Tuve la suerte de ser tu dueño.
    Tu dueño, amigo y compañero, y a veces, tu papá, al menos cuando, cansado de algún trajín, me depositabas cariñosamente el hocico sobre mi pierna, como si quisieras encontrar un hoyo para estar allí, y yo te rascaba la cabeza y te daba las gracias por darme la oportunidad de convertirme en un mejor ser humano.
     Ojalá lo logre.  Te lo deberé a ti.
     Así fueron tus últimos días. La veterinaria dictaminó insuficiencia cardíaca grave. Te acompañé hasta el final. Jugamos  a la pelota y hasta inventamos un rap, el que quedó grabado en mi teléfono celular. Fue fácil hacerlo porque mientras yo cantaba, tu ladrabas (imagino para que me calle), pero a la larga parecía que cantábamos juntos.

    He terminado de correr. Entiendo que eso debió haber sido lo que me hubieras dicho, en caso hablaras. “No te rindas amigo”.
    Lo sé.

    Hay una lágrima en mi rostro, tiene una coloración azul. Y en eso me maravillo que un perro de tamaño mediano, todo peludo y descuidado, sale de entre los matorrales, me ladra un par de veces, mueve su cola, deja que lo acaricie en el lomo, y se va alejando a toda velocidad, mientras una suave brisa con olor a chocolate me llega al rostro.