sábado, 4 de mayo de 2013

Perfecto equilibrio (Cuento N0. 13 de Errantes y embusteros)










13.- PERFECTO   EQUILIBRIO




     Sumergido en  la  “penumbra vaga de la pequeña  alcoba”, como anotó la inspirada Rosario Sansores, con todas esas formas que van como desvaneciéndose hasta perder familiaridad –la campanilla del velador, el golfista de cerámica china y los retratos de la pared se han convertido en pinceladas abstractas–  el hombre canturrea el pasillo y se deja seducir por el confort, por el generoso recibimiento que a su cuerpo dispensa la sábana fresca, aromatizada, por su almohada antialérgica, plumas de flamenco. Lo que siente se asemeja de un confuso modo a ser estropeado placenteramente por los chorros y remolinos de agua del único jacuzzy que frecuenta los fines de semana en el club.
      Casi satisfecho prefiere voltearse y posar su mano izquierda sobre el hombro derecho de la mujer que yace a su lado, asirlo porque se está más cómodo allí, como agarrándose de algo, porque en sus sueños los abismos son profanos, imperecederos, amargos, aparte que con su antebrazo percibe la discreta elevación del seno, su blanda exquisitez, con suerte el pezón, como para reconstruir por unos segundos otras ocasiones que no concuerdan precisamente con la quietud y el reponer de fuerzas.
     “Te buscarán mis brazos, te besará mi boca, y aspiraré en el aire, aquel olor a rosas”. Los senos, teoriza, fueron hechos para que el hombre descansara en ellos y descubriera lo débil que es. Cuando está por dormir le da por combinar/inventarse  frases, imágenes.
     Volverse  un poco chiflado.
     Concibe que su cabeza es roca ceremonial, el  dintel  madre que mira hacia la salida  del  sol en las ruinas de Stonehenge, y que reposa con exactitud sobre dos puntos: la quijada  y el hombro izquierdo de la mujer. Más arriba el travieso índice de su mano derecha husmea debajo de las cejas del otro cuerpo, en las mismas órbitas oculares, tratando de encontrar ese misterioso canalete que al ser presionado produce una simultánea descarga de dolor y alivio. Lo ha hecho consigo mismo cuando las tensiones cotidianas le han reventado la cabeza y aunque haya revisado volúmenes de anatomía no ha podido dar con el nombre de aquel lugarcito, conductor de nervios o algo por el estilo. Deduce sin embargo que aunque en él funcione, no es seguro que idéntico efecto tenga en los demás. Abajo, por así decirlo, la planta desnuda de su pie izquierdo roza y acaricia en un movimiento lineal, de ida y vuelta, los delicados tobillos de su querida. Aquello no le cuesta ni le impide dormir, más bien le agrada, lo arrulla, y presiente que también agrada y arrulla.
     Su pie derecho, que está libre, sin contacto alguno, empieza a bastonearse sobre el colchón. Se eleva y cae pesadamente como una de esas aves que ha sido derribada por el cazador. La costumbre le viene desde pequeño, tal vez como una lejana evocación a cuando su madre le daba golpecitos en la cuna.  Nunca abandonamos la semilla, vuelve a pensar. La mujer reclama con un quejido seco, de ganso malhumorado, porque cada sacudida retumba en su cabeza como cuando distingue, muchísimo antes de que arribe a la cuadra, al pesado camión de la basura que activa con su estrepitoso carnaval de metales y sonidos de diversa índole, generados en su mayor parte por el mecanismo que tritura, compacta los desechos, todas las alarmas de los autos.
     Están así unos minutos, pero en el fondo de esa dicha con aspecto de placenta cálida palpita una angustia que no pueden disfrazar: continúan soberanamente despiertos. Algo ocurre, la conjunción no ha sido perfecta. Quizás el inicio debió haber sido distinto, discurre la mujer, como en las últimas noches, con la cabeza del hombre recostada en sus tobillos, los masculinos y groseros dientes mordisqueando con sumo cuidado la parte más carnosa y abultada de su pantorrilla, los anchos dedos repasando una y otra vez la desnivelada superficie de sus articulaciones, y ella sintiendo ese cariño y el peso de aquella pierna sobre su abdomen. Con urgencia el módulo debe intentar una variante y la mujer retira con delicadeza de carterista la mano del hombre, la que asía su hombro derecho, y se la coloca justo en el seno, en la punta de su elevación, que lo agarre entero, areola y pezón incluidos, así se siente segura, no permite que sus encantos pasen inadvertidos, ni siquiera en las mareas del entresueño sino que, al contrario, sean tomados como fortaleza derrumbada. Sabe que los vencidos serán, a la larga, los victoriosos  ya que, de un modo u otro, con torturas de por medio, necesarios mártires, amenazas y normas estrictas, deben ser protegidos para que los conquistadores puedan subsistir.
     Decepcionado por la maniobra el hombre espera un par de minutos y aparta la mano del seno. La mujer aprovecha, lo empuja un poco y ahora es ella quien toma la iniciativa y se voltea sobre su cuerpo. Ninguno de los dos sabría decir con precisión quién empezó con el venerable hábito del empiernamiento y cómo había evolucionado hasta volverse parte indispensable, sustancial, de sus vidas, al punto que el insomnio los mortifica si alguno debe ausentarse. Aunque muchas cosas han quedado atrás: flores, chocolates italianos, estrenos en el cine, cenas románticas a media luz, si de algo les sirve el amor es para traer paz cuando el  furor se aplaca. Ahora conversan lo mínimo, por las tardes recorren juntos, en las arboledas, los círculos dispuestos para caminantes, dizque con la excusa de mantenerse en el peso correcto y ejercitar el corazón, admiran el verdor, observan otras parejas como si observaran aves o ardillas, pelean menos o a veces más, en especial cuando saltan del pasado viejos flirteos y sospechas. Sin embargo no pueden dormir el uno sin el otro.
     La mujer deja caer su mano en el pecho del hombre, a la altura del corazón; a ella le interesa “escuchar” con su tacto cada uno de los latidos, en ellos descifra o cree descifrar pensamientos, muñecas atractivas (como la secretaria esa de buenas piernas, cadenita de oro en el tobillo, y gestos libidinosos que laboró el año anterior en su oficina), en particular  cuando los tambores retumban demasiado, entonces, con odio, imagina que dentro de la cabeza del hombre se ha encendido la fiesta: danzan curvilíneas formas, ombligos y otras cosas expuestas, cabellos sueltos, sonrisas seductoras, música electrónica de fondo. Su mano se encrespa, araña venenosa (y peluda, tarántula infame), toma posición de ataque y son sus uñas, no sus yemas, las que se sitúan sobre la piel, la degustan, dispensa un pequeño hincón. Recapacita que no debe ahondar más, de lo contrario llegaría a esas imágenes en blanco y negro, de la otra zángana despernancada que mostraba sus partes íntimas, aquellas que le encontró en el computador. Artísticas, fue la tibia respuesta. Para eso me tienes a mí, le dijo ella con furia y clausuró su abanico de caricias  por tiempo indefinido.
     También permitió, sí, permitió dejar avanzar en sus galanteos a uno de sus clientes del banco, niña hermosa usted desde la ventanilla saca de la rutina a cualquiera, accedió, en un encuentro furtivo, a las primeras caricias y besos maniáticos y palabras calientes en el oído que le arrancaron gemidos  pero no la hicieron claudicar. Se repite que si esos espantajos siguen deslizándose debajo de la almohada no podrá dormir. La hiel es uno de los peores enemigos del sueño, concluye. Su muslo derecho, en tanto, acaricia la cubierta masculina y la delicada sábana que nunca debe estar entre piel y piel sino sobre ambas.
     Ahora el hombre se siente incómodo porque una mano sobre el corazón es como un taco que no deja respirar al delfín que habita adentro. La retira, la coloca en medio de los dos cuerpos, y casi con el mismo movimiento agarra el muslo de la compañera y ejecuta una especie de llave de lucha libre, un torniquete, porque la pierna derecha de ella ha quedado atrapada entre su mano y rodilla izquierdas. Con su mano diestra acaricia la pierna enganchada, lentamente, con fervor, como esas niñas, hijas de marineros, que lavan pescados en  la ribera, continua en la pantorrilla y procede luego con un suave masaje en la planta de los pies. A veces ella le ha preguntado que dónde  aprendió eso. Y él responde que ha sido autodidacta como con el canalete de la órbita del ojo. Escucha ronquidos de complacencia, los más cercanos al ronroneo de una gata. Es el instante de aflojar el torniquete, liberarla.
     Se voltea hacia su izquierda, deja atrás los roces y desacuerdos silenciosos. La mujer, que también ha esperado su independencia, gira hacia la derecha. Ahora están solos, el uno y el otro. Ovejeros correteando en la pradera, reuniendo animales dispersos, mariposas sobrevolando un jardín de pensamientos chinos, fragatas y su inmensa V en el cielo. La mujer se acomoda como mejor le parece, brazo bajo la almohada, postura casi fetal por eso de los dolores en la espalda y antes de querer dormirse asegura que mañana cerrará esa pequeña abertura entre dos persianas que permite el ingreso de una casi insignificante pero molestosa línea de luz que le golpea directamente en los ojos, con la exactitud del gancho con que Mohamed Alí noqueó a Foreman. Nunca ha olvidado ese combate, así deteste el box, ocurrido en la década de los setenta, y la figura de su padre pegado al televisor. Cuando está sola consigo misma le aparecen un par de alas delgadísimas, gusta crear libretos y pensar cómo hubiera sido su vida si se casaba con otro de sus pretendientes. ¿La consentirían más?, alhajas, vestidos, pasajes a Disney y  New York y una caja de bombones en cualquier día y sin previo aviso como cuenta una de sus amigas en las reuniones de los jueves. O la abofetearían por el menor detalle o equivocación, como se queja otra, a más de haberle encontrado una prenda íntima debajo del asiento del auto. Aprieta los labios con un signo de amargura.
     El hombre, en cambio, tiene la apariencia de un perro feliz que dormita boca arriba, despaturrado en el suelo de una granja, las piernas entrecruzadas. Como la posición acarrea demasiado peso hacia su derecha ha introducido su índice entre el colchón y el remarco de la cama para alcanzar el perfecto equilibrio, quedarse como un trompo en balance absoluto.
     Vuelve a Stonehenge: la sabiduría de las grandes piedras encierra un sencillo y claro mensaje que dejaron los antepasados  y  ha escapado a los científicos que se complican con teorías espinosas. Saber descansar, con todo el peso, nada más, así de fácil, ni santuario astronómico, pista para naves espaciales o centro energético creado por Merlín el mago. Cada gran mole reposa sobre otras dos. Así han durado miles de años. Y para que la frase miles de años adquiera intensidad busca equivalentes. Pirámides, mar, el libro del Génesis, fuego. Sospecha que recibir el sueño es cuestión de segundos, que llegará en cualquier momento como si en algún lugar un extraño sentado en una butaca apagara un interruptor. Click. Un buen descanso implica menor desgaste, un detenerse de los años. Lo vivieron los indios navajos y otros como ellos, se dice. El secreto de la estirada juventud se halla en el dormir intenso, trivial e imprescindible, como una semilla, abandonar el resto, lo bueno y lo malo, el tiempo que erosiona. Piensa que hoy en día la vida se reduce a una palabra, urgencia, despertar, sexo en cinco minutos si es que hay cinco minutos, desayuno instantáneo, café soluble, repetir la palabra apúrate como si estuviese recién aprendida, tostadas y leche que no deje grumos, nada que retarde porque afuera espera el tráfico violento, el ruido, los niños pordioseros y su hambre infame, la oficina  y  la tarjeta  de entrada, los cronogramas, el cumplimiento de los procesos, el tono del celular, mensaje recibido, programa predeterminado y las teclas que se ajustan maravillosamente para escribir las palabras correctas, respuesta inmediata, hay que minimizar el tiempo, almorzar en media hora, conectarse a internet, banda ancha, viajar, morir, también hay que morirse rápido, lo que demora cuesta (sino cotizar cuidados intensivos versus sepelios refinados). La paradoja es que nadie le gana al tiempo, sin envejecer por ello. Es el precio. Y lo peor, piensa, es que enloquecemos cuando no tenemos nada que hacer. La quietud es una rara especie.
     En eso la mujer ha exteriorizado un leve murmullo, de aparente felicidad, pero no, es la copla de sirena extraviada, de auxilio, porque en su interior, pese a estar cómoda, siente que algo le falta. Curiosamente a  él le ocurre lo mismo. “Cuando tú te hayas ido me envolverán las sombras”. Sumergido en la  “penumbra vaga…”, angustiosa, con todas esas formas que ocupan la alcoba y que van como desvaneciéndose hasta perder familiaridad –el vaso de agua para la noche, la lamparita de mesa y el crucifijo tallado a mano que está sobre el televisor se han convertido en pinceladas abstractas– el hombre se deja seducir por el confort, por el generoso recibimiento que a su cuerpo dispensa la sábana fresca, perfumada, por su almohada antialérgica, plumas de flamenco. Lo que siente se asemeja de un confuso modo a estar sentado en una roca de playa, los ojos entornados, degustando bajo el sol el punto exacto en que la tibia ola llegará a sus pies. Casi satisfecho el hombre prefiere voltearse una vez más y posar su mano izquierda ya no sobre el hombro derecho de la mujer, sino  más abajo, para esta vez sí, asirlo porque se está más cómodo allí, como agarrándose de algo, no con la firmeza de hace poco, aunque sus abismos sigan siendo lo que son, aparte que con su antebrazo percibe la discreta elevación del seno, su blanda exquisitez, con suerte el pezón.  Los senos, piensa, fueron hechos para que el hombre admirara con calma la silueta de uno de ellos mientras reposa en el otr...

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