jueves, 1 de noviembre de 2018

Esos cuentos maravillosos







ESOS CUENTOS MARAVILLOSOS
PARTE II   (Por Hans Behr)

La entrega anterior la culminamos con un autor nacional (José de la Cuadra y su memorable Guásinton, uno de los cuentos donde es notorio el adelanto en los caminos del realismo mágico). Iniciaremos entonces, esta segunda parte con cuentistas ecuatorianos.  Este artículo guarda una regla básica. Transmitirles, por qué estas historias, en algún momento, se me volvieron imborrables.
     “Un hombre muerto a puntapiés”. El cuento se centra en que el personaje (y narrador al mismo tiempo) ha leído en el periódico que un hombre ha muerto a puntapiés. Así de sencillo, sin detalles de lo ocurrido. Solo una nota que refiere que la víctima era “vicioso”. ¿”Vicioso”?  Allí Palacio, influenciado por sus estudios en leyes, nos va armando, mediante la inducción, con ironías y certezas, los posibles eventos que llevaron al homicidio. Sutilezas psicológicas. Esto es justamente lo imborrable de la historia. Su reconstrucción certera, policial, a partir de dos fotografías que le son facilitadas por el comisario. Cabe resaltar, el llamativo nombre del obrero, el estilo de narrar,  la sonora forma de describir la violencia: “Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al  ver  en tierra a  aquel pícaro,  consideró que era muy poco castigo un puntapié,  y  le  propinó  dos  más, espléndidos  y  maravillosos en el género, sobre la larga nariz…. ¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés!
Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra otra nariz! Así: ¡Chaj!”. Un cuento con mucho sonido.

     De la época de los grandes cuentistas ecuatorianos, tenemos a Joaquín Gallegos Lara, quien formara parte del conocido Grupo Guayaquil. Escritores comprometidos con los temas sociales y determinados a mostrar la realidad del cholo montubio, sus jergas populares, sus palabras y normas, su forma de vida, etc. Se adiciona la crudeza del relato, directo. Y aunque tenemos mucho material, cito el cuento “El Guaraguao”, el cual, además de formar parte de muchas antologías nacionales e internacionales, recoge todo lo dicho anteriormente. Repasemos el inicio: “Era una especie de hombre. Huraño, solo. No solo: con una escopeta de cargar por la boca y un guaraguao. Un guaraguao de roja cresta, pico férreo, cuello aguarico, grandes uñas y plumaje negro… Un guaraguao es, naturalmente, un capitán de gallinazos”.  Desde ya, el cuento atrapa desde el comienzo. Como lector, me asaltó la pregunta, ¿cómo así este hombre pudo “domar” al gallinazo? ¿Dones especiales? El personaje, apodado, chancho-rengo, negro de finas facciones, nos responde: “–Lo recogí de puro fregao...Luei criao dende chiquito, er nombre ej Arfonso”.  Y así nos enteramos que el gallinazo no solo lo ayudaba a cazar garzas sino que tenía un nombre propio. Arfonso. La historia es corta, directa, el hombre es emboscado y herido mortalmente, en la noche, por unos ladrones. Desde ese momento aparece lo sobrenatural recogedor: el guaraguao no sólo defiende a su “amigo” de los ladrones, sino también que lo cuida de sus congéneres, que querían picotearlo una vez que murió. El final es imperecedero: “El olor incitaba el apetito de los viudos. Vino otro guaraguao. Alfonso, el de Chacho-rengo, lo esperó, cuadrándose. Sin ring. Sin cancha. No eran ni boxeadores ni gallos. Encarnizadamente pelearon. Alfonso perdió el ojo derecho pero mató a su enemigo de un espolazo en el cráneo… Volvió la noche a sentarse sobre la sábana…Ocho días tarde encontraron el cadáver de Chancho-rengo. Podrido y con un guaraguao terriblemente flaco –hueso y pluma– muerto a su lado. Estaba comido de gusanos y de hormigas y no tenía la huella de un solo picotazo”.

     Encontré “El diamante tan grande como el Ritz” de F. Scott Fitzgerald, en una antología de cuentos de terror. Presenta 11 capítulos, lo que lo convierte en un cuento largo o pequeña novela. Otro punto, es que la historia no es precisamente de terror, según algunos críticos es difícil de clasificar, ya que ronda en la aventura, en lo policial, la intriga y el suspenso. Pero lo que sí aseguro es que, a medida que corre la trama, se vuelve inquietante e impredecible. El resumen es el siguiente: Un joven estudiante  John Unger es invitado por su amigo Percy Washington a pasar las vacaciones en el suntuoso e inaccesible hogar de su familia. Situado en unas montañas rocosas entre Estados Unidos y Canadá… “en los únicos ocho kilómetros cuadrados del país que no aparecen en ningún registro”. John, ni el lector, tienen idea del peligro que está invitación encierra. Sin embargo, a través de una de las hermanas de Percy, con quien John empieza a frecuentar y a enamorarse, descubre que la lujosa residencia (baños temperados, salas de cine, zona verde para caminatas) está sobre un enorme diamante, el más grande del mundo… y que, debido a ello, todo invitado no podría salir vivo de allí porque divulgaría el secreto del diamante. Usualmente, por información de su amiga, las víctimas eran “dormidas” para poder asesinarlas, antes de que terminara su período de visita. En ese momento, John Unger sabe que ha firmado su sentencia de muerte, y el lector recibe de un solo impacto una tremenda carga de ansiedad para conocer el desenlace. Asunto que no les contaré, sino más bien, para quien no haya leído la historia, lo haga.


     Finalmente, quiero hacer referencia a historias infantiles, juveniles. No quiero dejar de lado “El principito” de Antoine de Saint-Exupéry, por la trama y las frases poderosas que uno encuentra en sus páginas: "Si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Para mí serás único en el mundo. Para ti, yo seré único en el mundo". "No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo".  O que tal esta: "A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial". Releí esta obra varias ocasiones, sólo para degustar esa profundidad (alcanzada también en el cómic de Quino: Mafalda). En este ámbito, no descarto a “El príncipe feliz” de Oscar Wilde, con un inicio certero: “En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz”. Una historia llena de ternura y amistad, ya que, por intermedio de una golondrina, y a pesar del crudo invierno, la estatua del príncipe feliz va obsequiando todos sus zafiros y adornos de oro, a las personas que en el pueblo padecían alguna necesidad. Al final del relato, la estatua y el ave han entregado todo lo que tenían, incluyendo sus fuerzas. Y allí radica lo hermoso de la historia. Lo que queda siempre, lo que uno “se lleva”, son las obras que hacemos a los demás. 

Revista Suridea casa de la Cultura N0.33



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