sábado, 17 de agosto de 2013

GARABATO (Cuento N0 10 de Errantes y embusteros)



10.- GARABATO

A  mi hijo mayor.


     Domínguez encajó con prudencia la nariz falsa, cuidando que el fino elástico que la sujetaba desde la nuca, al girar sobre sí, no remordiera sus mejillas. En el espejo, un hombre aturdido y diferente lo contempló. A más de la nariz redonda, roja, y la llamativa peluca, una grosera sonrisa blanca dibujada sobre sus labios deshacía todo rasgo familiar.
     Retrocedió para verse de cuerpo entero, dentro del chaleco de esferas multicolores, pantalón bombacho, y esos zapatones adquiridos para la ocasión en una tienda de monerías, y se admiró de hasta dónde, en los territorios de la ridiculez, podía adentrarse un hombre para defender el sustento. Ahogó una maldición. Razones de peso impedían dar rienda suelta a sus impulsos y presentar la renuncia: haberse rajado para formar parte de la mejor compañía de seguros internacionales, auto del año, aprendizajes continuos en técnicas de negociación, costos de salud y cuenta del celular cubiertos, y soberbias comisiones cuando las cosas iban bien. Lo que implicaba a su vez, esposa orgullosa, amantísima, un par de domésticas, vivienda en zona aristocrática y tranquilidad en la educación de los niños.
     Las reglas del concurso eran claras. Por comunicado general, cada lunes, un empleado  se  disfrazaría  de  saltimbanqui  con  el  objeto  de  ofrecer  cierto  producto  anónimo hasta último momento  , entre el público de dos autobuses. El responsable, ese nuevo gerente graduado en Louisiana, quien por su tesis doctoral, versada en la magnitud y alcance de las ventas circunstanciales, había convencido a los altos ejecutivos sobre los avanzados métodos de resolución. Sostenía que el personal de ventas, los pilares de la empresa, señores accionistas, debía explotar al máximo sus recursos ante situaciones diversas e inesperadas inesperadas.
     Domínguez tomó impulso y salió de vestidores. Abierta la puerta su carácter debía permanecer inalterable. En el corredor, sus compañeros, lo aguardaban con la impaciencia de una bandada de gallinazos. Quienes ya habían pasado la prueba se convulsionaron desesperadamente, señalando la peluca o los zapatos, en cambio, los que aún debían cumplir el compromiso, esbozaban risitas reprimidas, como si no tuvieran las agallas de declarar su desacuerdo y apartarse de los burlones.
          – Es curioso… señaló Domínguez, molesto que esta falta de solidaridad no se vea en los animales.
     Sabía por qué lo decía.
     Semanas atrás, cuando se implantó el singular evento y las recompensas para quienes ocuparan los primeros lugares, él habló a sus compañeros de la  NOVA. Había leído un artículo en el diario con ese título, el cual hacía referencia a las mujeres maltratadas en los hogares, sin embargo una hebra del mismo parecía estar dirigido a ellos. NOVA: "No Violencia Activa". Coincidentemente era lo único que podían enarbolar ante las circunstancias: seriedad y silencio como en un funeral. Eran hombres de trabajo, emprendedores y responsables, no bufones, en eso estaban de acuerdo. Ningún disfrute, cero aplausos, para que siquiera con esa protesta irónica, los dueños del mundo se dieran cuenta que habían rebasado la frontera de la dignidad. Pero la NOVA, con todo su magnífico peso, se había ido al carajo con el primer vendedor vestido de payaso.
     Sobre su escritorio, Domínguez halló una caja pequeña y un memorando. El papel decía lo siguiente:
                              Objeto: jabón ordinario.
                              Peso: 80 gr.
                              Cantidad: diez unidades.
                              Objetivo mínimo de venta: siete unidades.
                              Precio: 50 centavos.
                              Utilidad: sugerimos revitalizador de cutis.
    

Dentro de su despacho, el iluminado gerente de  mercadeo graduado en Louisiana también se acomodó la pelotita roja sobre la nariz, porque así lo ordenaban las bases del concurso. "El juez vestirá acorde a la situación", artículo cuarto. Es justo, pensó, ambos disfrazados, sin desentonar, con la enorme diferencia de que él iría con la cartilla evaluadora, artículo cinco. Consideraría tres parámetros: predisposición, ingenio y eficacia. Sonrió. La actividad lo rescataría de la tensión diaria. Pura chacota chacota.  Ya lo contaría emocionadísimo por mail a sus compañeros de promoción, al gato Rojas y al cuervo Smith. Engalanado de payaso por las calles de la vieja ciudad. Inolvidable invalorable irrepetible experiencia. Se dirigió al salón de ventas donde recibió el aplauso y las vivas de quienes rodeaban a Domínguez. Tras la pintura facial, el evaluador advirtió en los ojos del subordinado una extraña mezcla de miedo y odio.
     ¿Listo?
     ¡Siempre! respondió Domínguez, sorprendiéndose de la seriedad y aplomo con que respondió.
     A propósito agarraron la cuarta buseta porque las primeras pasaron medio vacías. Punto para Domínguez, anotó el juez en el cartón, y a un costado, en signos ilegibles, la observación: acierta con mercado para buscar en tierra fértil fértil. De paso admiró la astucia del empleado, quien se bautizó como "Garabato" y solicitó con guiño fotográfico unos minutos al chofer, antes de encararse con el público. Una señora de ensortijado cabello se despabiló en su asiento, tras ella, un tipo de gafas oscuras advirtió sobre su presencia al niño que lo acompañaba, pero la mayoría indiferencia abismal, feroz, bostezo.  Domínguez no supo por qué ese instante recordó el aroma a vainilla y romero de los cabellos de su mujer. Cuando te toque el turno lo harás bien, ya sabes amor, sin miedo. Pero sus manos temblaban mientras sostenían el jabón. Cero para Domínguez, voz floja, quebrada, y comienzo estúpido estúpido, anotó, apoyado sobre el protector de la caja de cambios, el infalible dictaminador. El mercader alcanzó a leer, en su jefe, esos signos no verbales, ceño fruncido, labio superior deformado, y reaccionó.
     Piel seca, grasosa, normal, este jabón fabricado en iuessey a base de las siete plantas milenarias de Egipto asegurará un cutis suavísssimo como el pañuelo de los chinos. Oferta de prelanzamiento porque después costará el doble.
     Dos dijo la señora atenta.
     Y en el papel: adecuada motivación....aunque faltó agresividad, tablas para Domínguez.
       SSeeñooooreeess, sólo me quedan ocho, OCHO JABONES, que de paso si te pasa también sirve para el acné y la pañalitis de los bebés, lo inédito en cosmetología, jabón Adapte, PH neutro que se adapta a tu piel.
     Al fondo, un índice levantado sentenció la tercera unidad.
     Se bajaron  aprovechando el rojo del semáforo. Cruzaron la acera; la hora de entrada a las oficinas había terminado pero encontraron en el autobús de regreso una apreciable cantidad de pasajeros. Esta vez "Garabato" tuvo un inicio prodigioso porque sacó una moneda de la oreja del  tipo que iba en el primer asiento. Disfrute general  y en la cartilla, como rana aceitunada, amazónica, un visto saltó a su favor. Interés captado. Dos señoras y un caballero adquirieron la mercadería.
     El payaso capacitador, colérico, sombrío, concluyó dos cosas. La primera, que el resultado había sido idéntico en ambos casos, tres jabones, independiente de la mala o buena actitud del vendedor, y la segunda, la más valiosa, que con el sesenta por ciento de eficacia, a Domínguez, igual que a dos de sus compañeros, no le bastaba para permanecer en la empresa hasta fin de año. Con mediocres no se va a ningún lado, así de fácil fácil.
     Antes de marcharse, y como si intuyera la maldad que se estaba gestando, "Garabato" improvisó un acto de emergencia.
     Aprovechen que me voy con Dino Boy. Damas sin arrugas, hermosas, y por qué no, caballeros con aspecto de ángel, decídanse a ser atractivos, se lo merecen, no hay cosa mejor para la mujer que la piel que ella acaricie sea delicada.
     Y un encorbatado, desde el centro del vehículo, solicitó el Adapte.
     El Evaluador no pudo evitar una mueca de disgusto. Raspando y en tiempo extra, de la fosa al cielo. Dominleche, pensó. Pero él no tuvo tanta suerte ni coordinación. Por andar anotando cada suceso, cuando descendió la escalinata, antes de que el bus se detuviera, posiblemente, y gracias a que existe algo que se llama justicia, al menos así iniciaría Domínguez su relato, la punta de su zapatón derecho tropezó con el talón del izquierdo, se distrajo o algo así, lo que hizo que su cuerpo se inclinara hacia el peligroso vacío. "Garabato" alcanzó a ver la mano del gerente que atrapaba el aire y no la barandilla de seguridad, y tuvo un segundo completo, acaso dos, para salvarlo. Sin sorprenderse, prefirió permanecer impasible y moverse a propósito en cámara lenta para ser testigo gozoso de aquel desesperado, inútil esfuerzo por lograr el equilibrio. Parecía un acróbata en apuros.
     Cayó.
     Después lo vio pasar rápidamente a través de las ventanillas, rodando por el piso con toda su estela de colores, como si se tratase de un cometa agonizante. El conductor disparó los frenos, se levantó de su asiento y dio un suspiro de alivio al comprobar que las llantas no le habían pasado por encima.
     “Garabato” saltó sonoramente al pavimento. Plash. Diez metros a su derecha, el Evaluador, cerca del cotidiano rostro, pues en el violento remolino había extraviado la peluca y la nariz falsa,  trataba de incorporarse. Un chorrito de sangre le bajaba como otra decoración desde el borde de la ceja.  Domínguez se llenó de hipocresía, recogió los papeles desperdigados y se acercó al jefe, moviendo los codos mientras corría. Estoy bien, escuchó, y levantó su mano para tranquilizar a la gente que se apretujaba en las ventanillas del bus.
      Que buen susto.
      Lo sé replicó el otro, presionando con un pañuelo el sitio de la herida . Maldición si tengo suerte.
     Domínguez debió hacer un esfuerzo para que sus labios, los verdaderos, no los pintados, se mantuvieran en su sitio. Arrugó la frente como si el sol tempranero lo fastidiara demasiado. Y todo por impedir que esa justa tremenda sonada carcajada destruyera el silencio. El Evaluador la presentía, aunque no mirara el rostro de Domínguez. Es más, intuía su angustia, la de tener que esperar el resto de la tarde y la noche entera para encontrarse con sus compañeros a la mañana siguiente y contarles lo sucedido sin descuidar detalles. Y él, desde su escritorio, en su despacho, escucharía las armónicas oleadas de risa, una por cada ocurrencia (por el dedo de Domínguez girando en el aire para figurar la caída o por la mímica con que representaría el gesto de dolor y el pañuelo empapado de sangre), como si respetaran determinadas señales y Domínguez, convertido nuevamente en "Garabato" burlón,  fuera el director de aquella desventurada y espantosa orquesta de hienas hienas.




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