domingo, 7 de julio de 2013

El día en que las cosas se perdieron (cuento)



EL DÍA EN QUE LAS COSAS SE PERDIERON



     No lo vamos a olvidar nunca.
     Me parece que fue febrero y en día doce, era sábado y  no llovía, aunque no lo doy por hecho ya que desde la mañana las cosas empezaron a desaparecer, acaso como si un agujero negro hubiera estado ejerciendo silenciosa y efectivamente su atracción gravitacional sobre nosotros.
     Los anormales sucesos comenzaron cuando Margarita preguntó a los de la casa si alguien había visto su teléfono celular. Mi hijo mayor, adolescente tirado a genio, argumentó que sería fácil encontrarlo pues sólo había que discar, desde el convencional, el número, y el tono de aserejé ja de jé de jebe tu de jebere de aquel artefacto siniestro del nuevo milenio sonaría inexorablemente delatando el lugar donde se hallaba. Estaba en eso, sin resultado alguno, cuando mi madre timbró a la casa para informar que el doctor había diagnosticado bronconeumonía a la tía Berenice y que debíamos proceder de inmediato y llevarla a un hospital. En tales casos yo no ando con medias tintas, así que decidí salir como estaba vestido: bermudas de colores, camisa de dormir, y sandalias guácharas. Más oh sorpresa, vino la segunda complicación: no hallaba mi licencia de conducir. Aquello representaba un riesgo en la ciudad convulsionada porque de encontrarse uno con alguna requisa se podía acabar en prisión por estar sin documentos.
     Recordaba que la noche anterior la había guardado en el bolsillo de mi camisa de flores turbias, esas que están tan de moda desde que la llevara ni sé qué actor en no sé cuál película, y que es obsequiada, regularmente por la esposa de uno con la intención manifiesta de alucinarse un poco y aguardar prodigios, pero nada. Me refiero a la licencia. Ya para entonces, el misterio entrañable de las desapariciones sin causa había invadido las cosas, como la niebla.
     Mi hijo menor, una vez descargada su mochila, constató la ausencia del diario de tareas del colegio. Su madre, que encontraba casi todas las respuestas, o por lo menos las inventaba, sugirió que llamara a uno de sus compañeritos, sin embargo, como era de prever, nadie encontró el directorio telefónico. En medio de la bronca que se armó por descifrar quién había sido el último en hacer uso de aquella pieza de rastreo y organización cavernaria decidí salir donde mi madre, quien vivía con la buena tía Berenice, malhumorado, intranquilo, y sin el vital documento en mano.
     Paradas en la puerta y con visibles signos de agitación me esperaban mi madre y mi hermana quien pese a vivir lejos se había presentado antes que yo, en su Ford clásico y la tía Berenice en su silla de ruedas, la pobre, debió haber estado tan enfermita que, al verme, ni siquiera tuvo las fuerzas suficientes para levantar su mano y acariciarme la frente, saludo habitual entre ella y yo, sino que me regaló una sonrisa moribunda, triste. Para no extendernos en diligencias inútiles la trepamos a mi auto como pudimos, procurando no estrujarla demasiado, y coloqué su silla de ruedas en el baúl.
     Afuera del hospital nos fue mejor porque un par de enfermeros, expertos en eso de maniobrar seres sin vitalidad, salieron a ayudarnos y en tres minutos la tía estaba bien aparcadita a un costado nuestro, diría que hasta con un gesto de complacencia, en la ventana de admisión. Allí mi hermana se percató que no portaba su tarjeta de crédito. A más de eso increpó a la cartera por tener muchos orificios en el resguardo interno, ya que, para colmo, las llaves de su auto, aquél que había dejado aparcado en casa de mi madre, se habían extraviado en dicho espacio indómito. La volteó y salieron conjuros, caracoles, papeles de notas, monedas inservibles, fotos, una servilleta arrugada y con restos de lápiz labial, otros papeles de notas, pero nada con sus llaves. A mi madre sólo se le ocurrió llamarme la atención por haber ido en zapatillas y en bermudas. Y la amable señorita de la ventanilla, percatándose posiblemente del caos reinante, sugirió que podíamos girar un cheque. Le agradecimos porque a fin de cuentas, pese a los conflictos (las llaves y la tarjeta de crédito navegaban sin esperanza en el denominado “horizonte de sucesos”, postrero límite de donde no había regreso o escape de aquel agujero negro) la prioridad era la recuperación de la tía. Mi hermana, toda tinosa, sacó su chequera. Yo me sonreí de gusto y pensé que un día no podía ser tan malo, para corroborarlo un bolígrafo apareció del bolso de mi madre como por arte de magia.

     Se giró una cantidad que abastecía para los dos primeros días en una pieza económica, donde se incluía  la onerosa lista de medicamentos. No obstante, ninguno de los tres esperaba vivir lo que siguió ese día, por eso no lo olvidamos, porque cuando la señorita amable preguntó quién era la paciente y yo señalé a mi costado, descubrí que aquél espacio, digamos un área de cuatro baldosas, estaba vacío. Es decir, la tía Berenice había desaparecido, así de sencillo, como desaparece un auto en una esquina, una maleta en el aeropuerto o un buque en el triángulo de las Bermudas. Mi madre detonó y se puso a dar alaridos de esquizofrénica. Mi hermana y yo, guardando la moderación, preguntamos a las enfermeras para descubrir si alguna de ellas se había llevado a la viejita, por equivocación. Pero como nadie ofrecía aceptables indicios de su rastro (lo que sucede normalmente cuando uno pregunta por algo o por alguien extraviado), a no ser la buena voluntad de ayudarnos, no nos quedó más que agarrarnos de la mano, y buscarla por ese hospital inmenso, uno tras de otro, en las habitaciones y salas, en emergencia y cirugía, pasadizo por pasadizo, bien juntitos, porque lo peor que podía ocurrir en ese momento era que alguno de nosotros también se perdiera.


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